Son momentos en los que uno es como un timón, luchas y aprietas los dientes, te separas de aquello que más quieres intentando soportar el vendabal.
Son momentos donde tu herido orgullo te pellizca y te pide que sigas igual, pero... si hacer las cosas así te ha llevado a donde no querías estar y a no hacer lo que realmente quieres hacer, quizás la dirección no sea la adecuada, las formas no sean habilidad sino torpes hábitos acostumbrados, automatizados e inertes, son un lastre con el que cada viraje es un iceberg insalvable.
Son momentos para ser consciente que a veces la vida te supera, te arrolla como una ola.
¿Por qué?
Porque tenemos la ilusión de que navegamos, y no es una ilusión, claro que navegamos y decidimos hacía dónde ir, pero no somos conscientes de nuestra finitud, de la sencillez de la felicidad, esa felicidad propia es la que compartimos, no la felicidad de un futuro que no sabes cuándo atracar.
dice una samba:
yo no navego,
el mar me navega a mí.
Son esos momentos cuando te das cuenta de que sí, dejarse navegar no implica soltar el timón, sino que cuando el mar te navega hay que aprovechar su fuerza para hacer lo que quieres. no desperdiciar la oportunidad. por ello no olvido sino que confío.
El mar sabe, la vida nos conoce, que la vida me viva, y así el horizonte es más luminoso, sabemos que el puerto está ahí, llegaremos, porque no sucumbiremos a la tempestad.
En mitad de la tempestad una llama brilla con fuerza, no la apago, se aviva sola. bienvenida.
Son esos momentos que soy mi propio faro.
En esos momentos soy capaz de ver más faros, si yo me apago, todo desaparece, sólo queda un rugido. Soy un faro para mí, para nadie más.
Soy un barco y espero hacer flota.
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